Los ecuatorianos Álex Colón y Enner Valencia llegaron juntos el sábado al complejo del Pachuca, de México, donde hoy se presentarán para el inicio de la pretemporada de los tuzos, según informó el periodista Alberto Pérez Landa en su cuenta de Twitter (@betoperezlanda).
Valencia, campeón este año con Emelec y quien resultó ser el máximo anotador de la Copa Sudamericana, con 5 goles, firmó autógrafos con la camiseta de su nueva escuadra, en la que será compañero del capitán de la Tri: Walter Ayoví.
El delantero de 24 años incluso publicó en su cuenta (@EnnerValencia14) una foto en la que estampa su nombre en la camiseta de los hidalguenses.
Valencia disputó con Emelec 34 partidos por el campeonato nacional y anotó 4 tantos.
Colón fue uno de los más destacados en la campaña del Deportivo Quito, que culminó en tercer lugar en el torneo nacional y accedió a la repesca por un lugar en la Copa Libertadores.
El volante ofensivo de 27 años actuó en 42 partidos con el conjunto de la Plaza del Teatro y marcó 13 tantos, lo que animó al Pachuca a contratarlo.
Ambos elementos, seleccionados de Ecuador, se integran a los trabajos de preparación antes de la próxima campaña del balompié mexicano, en la que Pachuca buscará regresar a los primeros escaños tras dos torneos sin clasificar a la fase final. El club de los tricolores, el más antiguo de México, no gana el título desde el Clausura 2007, cuando venció al América.
viernes, 19 de abril de 2013
jueves, 18 de abril de 2013
Premio Promesa de AS después de vencer en el Mundial
—En 2010 ganó el Premio Promesa de AS después de vencer en el Mundial de 125cc, con 17 añitos. Esta vez le tocará recoger el Premio AS del Deporte tras apuntarse MotoGP, con 20. ¿Qué le parece que los lectores le hayan elegido de nuevo?
—Para mí es un orgullo y un honor. En 2010 me hizo muchísima ilusión que me escogieran, y viví la entrega de trofeos con bastante intensidad. Allí conocí a Rafa Nadal, por ejemplo. Está muy bien que cuatro años después pueda volver a la ceremonia con el trofeo en la categoría absoluta, se lo agradezco a los lectores de AS.
—¿Qué tal lleva la repercusión por su primer título en la categoría reina? Entró en la historia del Mundial de MotoGP al ser el más joven en conquistarlo.
—Ser campeón de MotoGP sí que es otra dimensión. En 125cc lo vives porque es el primero, es diferente, y en Moto2 ya notas que es otra cosa, pero cuando llegas a MotoGP te das cuenta de que es un boom y de que la repercusión es muchísimo mayor. Y más de la manera en la que lo he hecho, con lo que ha pasado por ser el primer año y todo eso. Aún cuesta, cuesta asimilarlo. Vivo el momento más dulce de mi carrera deportiva, porque no todo el mundo puede decir que es campeón de MotoGP. Aspiraba a ser campeón del mundo de las tres categorías, que era el objetivo que veía más lejos, y ya lo he conseguido.
—Díganos su mejor y su peor momento de 2013.
—El mejor momento del año han sido las victorias, sobre todo Valencia. Y el peor… las caídas que sufrí y todo el fin de semana de Mugello.
—¿Cómo espera que sea la temporada de 2014? ¿Algún deseo?
—Lo ideal es que fuéramos campeones del mundo los dos hermanos Márquez, aunque, si sólo puede serlo uno, prefiero que sea Álex el que gane el título en 2014 (en Moto3) antes que yo, porque ya lo tengo. Aparte, mantendré el máximo nivel de entrega y dedicación para poder vencer de nuevo en el campeonato. Sé que mis rivales me pondrán las cosas muy complicadas, pero ahí estaré para defender la corona.
—Para mí es un orgullo y un honor. En 2010 me hizo muchísima ilusión que me escogieran, y viví la entrega de trofeos con bastante intensidad. Allí conocí a Rafa Nadal, por ejemplo. Está muy bien que cuatro años después pueda volver a la ceremonia con el trofeo en la categoría absoluta, se lo agradezco a los lectores de AS.
—¿Qué tal lleva la repercusión por su primer título en la categoría reina? Entró en la historia del Mundial de MotoGP al ser el más joven en conquistarlo.
—Ser campeón de MotoGP sí que es otra dimensión. En 125cc lo vives porque es el primero, es diferente, y en Moto2 ya notas que es otra cosa, pero cuando llegas a MotoGP te das cuenta de que es un boom y de que la repercusión es muchísimo mayor. Y más de la manera en la que lo he hecho, con lo que ha pasado por ser el primer año y todo eso. Aún cuesta, cuesta asimilarlo. Vivo el momento más dulce de mi carrera deportiva, porque no todo el mundo puede decir que es campeón de MotoGP. Aspiraba a ser campeón del mundo de las tres categorías, que era el objetivo que veía más lejos, y ya lo he conseguido.
—Díganos su mejor y su peor momento de 2013.
—El mejor momento del año han sido las victorias, sobre todo Valencia. Y el peor… las caídas que sufrí y todo el fin de semana de Mugello.
—¿Cómo espera que sea la temporada de 2014? ¿Algún deseo?
—Lo ideal es que fuéramos campeones del mundo los dos hermanos Márquez, aunque, si sólo puede serlo uno, prefiero que sea Álex el que gane el título en 2014 (en Moto3) antes que yo, porque ya lo tengo. Aparte, mantendré el máximo nivel de entrega y dedicación para poder vencer de nuevo en el campeonato. Sé que mis rivales me pondrán las cosas muy complicadas, pero ahí estaré para defender la corona.
miércoles, 17 de abril de 2013
"Mi trabajo me avergonzaba"
No tengo imaginación. Cuando hago la maleta siempre elijo camisetas negras, vaqueros negros, un jersey negro si va a hacer frío…”. A pesar de su apariencia monocolor, el escritor inglés Neil Gaiman es cualquier cosa menos un tipo insulso. Su serie de novelas gráficas The sandman le ha convertido en un icono: diez millones de libros y es el único autor que ha ganado los cuatro premios más importantes de la literatura fantástica. Además, varios de sus títulos han sido trasladados al cine y a la televisión (la versión fílmica de Coraline fue nominada al Oscar a mejor película de animación) y algunos de sus libros se estudian en escuelas. Es solo que viste con esa imagen casi gótica –acaso más estudiada de lo que siguieren sus palabras– que se ajusta bien a su condición de autor de culto. Al final la coquetería le delata mientras posa para las fotografías bajo la lluvia de una mañana londinense, y nos cuenta que el abrigo (por supuesto de tono oscuro) se lo hizo a medida una diseñadora estadounidense. Le gustó tanto que ya tiene tres iguales. “Al estilo de Einstein, que llenó su armario con cinco versiones del mismo atuendo", compara.
Él mismo ha escogido la puesta en escena de la entrevista, un acogedor café de los alrededores del mercadillo de Candem, “este barrio increíblemente cosmopolita con su intersección de culturas: cuando la fórmula funciona resulta mágico”. Ha venido a pie desde la casa de unos amigos con los que siempre se instala cuando visita Londres y que le procuran un entorno de “normalidad “. Al principio pide el clásico té inglés, pero una segunda ojeada a la carta le lleva a cambiarlo por un zumo de zanahoria, remolacha, jengibre y apio, el tipo de brebaje multivitamínico al que son tan adeptos en su país de adopción. Gaiman vive desde hace dos décadas en Estados Unidos, como delata su ligero acento yanqui.
“Creo que no soy muy conocido en España”, espeta nada más arrancar la conversación y en un intento de distanciarse del fenómeno de la fama que cree que coarta al creador. Pero Neil Gaiman ya no puede vivir en la pretensión del semianonimato, no cuando esos logros anteriormente mentados adornan su currículo. Ya no es el escritor más famoso del que nunca se ha oído hablar, etiqueta que alguien le impuso cuando su éxito en todas las parcelas que cultiva no se había traducido todavía en un sello global. “Es cierto que hasta hace pocos años en Inglaterra y Estados Unidos las reacciones oscilaban entre ‘¿Neil Gaiman? Nunca he oído hablar de él' y '¡Neil Gaiman! Dios mío, es mi autor favorito'. Pero no existía en esa especie de área gris que ocupa gente como John Grisham, del que todo el mundo ha oído hablar aunque no hayan leído nada suyo”.
Así y todo, Gaiman alberga la duda. “Nunca estoy muy seguro de dónde soy famoso”. Cita lugares tan dispares como Filipinas, Polonia y, sobre todo Brasil, donde su presencia en un festival literario para firmar ejemplares congregó a millar y medio de seguidores: “Allí me tratan como a una estrella de rock”. Siempre los atiende a todos, armado con una gama de bolígrafos, plumas y lápices (abre la solapa y muestra más de media docena) que colecciona compulsivamente.
Ha recalado en Londres para presentar el libro para adultos El océano al final del camino, un aterrador y al tiempo hermoso relato acerca de la infancia y los rincones más oscuros de la realidad. “Lo empecé de forma accidental. Echaba de menos a mi mujer, que estaba lejos, y quise escribirle una historia corta. Pero seguí escribiendo y escribiendo… hasta que me di cuenta de que estaba haciendo una novela”. El resultado de ese accidente es, según más de un crítico, lo mejor que ha escrito. Gaiman saborea ese reconocimiento después de varios años de ninguneo por parte de un cierto establishment literario hacia un escritor que cultiva el cómic y la fantasía.
“Siempre he ido a mi aire”, explica cuando se le pregunta de su salto del periodismo al universo de la fantasía hace tres décadas. “Lo más interesante que ocurría en el mundo del arte de los 80 eran los cómics", explica. Él los acabó abrazando como “un reducto de libertad que te permitía hacer las cosas fuera del radar convencional”. Así nació el personaje de Sandman, inspirado en el folclore anglosajón y muy alejado de los típicos superhéores, que entonces propulsó a su autor y hoy merece la categoría de clásico. Va a festejar el 25 aniversario de la serie retomándola en una precuela. Lo hará con el aliento de una legión de fans tras el cogote –“era más divertido cuando nadie tenía expectativas”–, aquellos con los que mantiene una comunicación concurridísima a través de Twitter. Busca su cuenta en el teléfono móvil y confirma: “En este momento ya son 1,9 millones”.
La red social le entusiasma. “Se trata de una verdadera democracia: cuando tenía 20 años hubiera matado por poder conectar con los escritores que me gustaban”. Y le parece una “sandez” que se diga que los más jóvenes han dejado de leer libros por culpa de la era tecnológica: “Gracias a las redes sociales los adolescentes descubren títulos que son cool, y eso vende muchos libros”. Más que halagarle, le inquieta que sus obras se estudien en las escuelas: “Los niños tienen el derecho a encontrar sus propios autores, y yo quiero ser ese autor, no el material de un programa de curso”.
Está convencido de que el libro impreso perdurará siempre que se conjure el miedo a experimentar con nuevos formatos. “En EE UU, el libro de bolsillo ha sido sustituido por el Kindle, que es perfecto para el trayecto diario hacia el trabajo, pero las ediciones de tapas duras se venden más que nunca. Yo presiono para que los editores conviertan mis libros en objetos hermosos, es necesario cuando estás en competencia con lo intangible”.
La creación de un videojuego es la última aventura de este autor multifacético que incluso se ha atrevido a subir al escenario para participar en una de las performances de su mujer, una inclasificable música americana que responde al nombre de guerra Amanda Fucking Palmer. ¿Cómo consigue ser tan prolífico? “Me aburro fácilmente y, sobre todo, para mí escribir no es trabajar”. Lleva, al fin y al cabo, 30 de sus 52 años en el oficio. “Confío en poder seguir haciendo cosas que me sorprendan. Cuando empecé con Sandman me sentía hasta avergonzado, pero hoy estoy muy orgulloso”.
Él mismo ha escogido la puesta en escena de la entrevista, un acogedor café de los alrededores del mercadillo de Candem, “este barrio increíblemente cosmopolita con su intersección de culturas: cuando la fórmula funciona resulta mágico”. Ha venido a pie desde la casa de unos amigos con los que siempre se instala cuando visita Londres y que le procuran un entorno de “normalidad “. Al principio pide el clásico té inglés, pero una segunda ojeada a la carta le lleva a cambiarlo por un zumo de zanahoria, remolacha, jengibre y apio, el tipo de brebaje multivitamínico al que son tan adeptos en su país de adopción. Gaiman vive desde hace dos décadas en Estados Unidos, como delata su ligero acento yanqui.
“Creo que no soy muy conocido en España”, espeta nada más arrancar la conversación y en un intento de distanciarse del fenómeno de la fama que cree que coarta al creador. Pero Neil Gaiman ya no puede vivir en la pretensión del semianonimato, no cuando esos logros anteriormente mentados adornan su currículo. Ya no es el escritor más famoso del que nunca se ha oído hablar, etiqueta que alguien le impuso cuando su éxito en todas las parcelas que cultiva no se había traducido todavía en un sello global. “Es cierto que hasta hace pocos años en Inglaterra y Estados Unidos las reacciones oscilaban entre ‘¿Neil Gaiman? Nunca he oído hablar de él' y '¡Neil Gaiman! Dios mío, es mi autor favorito'. Pero no existía en esa especie de área gris que ocupa gente como John Grisham, del que todo el mundo ha oído hablar aunque no hayan leído nada suyo”.
Así y todo, Gaiman alberga la duda. “Nunca estoy muy seguro de dónde soy famoso”. Cita lugares tan dispares como Filipinas, Polonia y, sobre todo Brasil, donde su presencia en un festival literario para firmar ejemplares congregó a millar y medio de seguidores: “Allí me tratan como a una estrella de rock”. Siempre los atiende a todos, armado con una gama de bolígrafos, plumas y lápices (abre la solapa y muestra más de media docena) que colecciona compulsivamente.
Ha recalado en Londres para presentar el libro para adultos El océano al final del camino, un aterrador y al tiempo hermoso relato acerca de la infancia y los rincones más oscuros de la realidad. “Lo empecé de forma accidental. Echaba de menos a mi mujer, que estaba lejos, y quise escribirle una historia corta. Pero seguí escribiendo y escribiendo… hasta que me di cuenta de que estaba haciendo una novela”. El resultado de ese accidente es, según más de un crítico, lo mejor que ha escrito. Gaiman saborea ese reconocimiento después de varios años de ninguneo por parte de un cierto establishment literario hacia un escritor que cultiva el cómic y la fantasía.
“Siempre he ido a mi aire”, explica cuando se le pregunta de su salto del periodismo al universo de la fantasía hace tres décadas. “Lo más interesante que ocurría en el mundo del arte de los 80 eran los cómics", explica. Él los acabó abrazando como “un reducto de libertad que te permitía hacer las cosas fuera del radar convencional”. Así nació el personaje de Sandman, inspirado en el folclore anglosajón y muy alejado de los típicos superhéores, que entonces propulsó a su autor y hoy merece la categoría de clásico. Va a festejar el 25 aniversario de la serie retomándola en una precuela. Lo hará con el aliento de una legión de fans tras el cogote –“era más divertido cuando nadie tenía expectativas”–, aquellos con los que mantiene una comunicación concurridísima a través de Twitter. Busca su cuenta en el teléfono móvil y confirma: “En este momento ya son 1,9 millones”.
La red social le entusiasma. “Se trata de una verdadera democracia: cuando tenía 20 años hubiera matado por poder conectar con los escritores que me gustaban”. Y le parece una “sandez” que se diga que los más jóvenes han dejado de leer libros por culpa de la era tecnológica: “Gracias a las redes sociales los adolescentes descubren títulos que son cool, y eso vende muchos libros”. Más que halagarle, le inquieta que sus obras se estudien en las escuelas: “Los niños tienen el derecho a encontrar sus propios autores, y yo quiero ser ese autor, no el material de un programa de curso”.
Está convencido de que el libro impreso perdurará siempre que se conjure el miedo a experimentar con nuevos formatos. “En EE UU, el libro de bolsillo ha sido sustituido por el Kindle, que es perfecto para el trayecto diario hacia el trabajo, pero las ediciones de tapas duras se venden más que nunca. Yo presiono para que los editores conviertan mis libros en objetos hermosos, es necesario cuando estás en competencia con lo intangible”.
La creación de un videojuego es la última aventura de este autor multifacético que incluso se ha atrevido a subir al escenario para participar en una de las performances de su mujer, una inclasificable música americana que responde al nombre de guerra Amanda Fucking Palmer. ¿Cómo consigue ser tan prolífico? “Me aburro fácilmente y, sobre todo, para mí escribir no es trabajar”. Lleva, al fin y al cabo, 30 de sus 52 años en el oficio. “Confío en poder seguir haciendo cosas que me sorprendan. Cuando empecé con Sandman me sentía hasta avergonzado, pero hoy estoy muy orgulloso”.
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